Epifanía...


La mañana no tardó en tibiar el sol, me quité las sábanas de encima, me estiré un poco... puse música, y por un momento tu recuerdo intentó golpear mi mente, pero lo detuve, mi madre gritó: ¡EL DESYUNO! y entonces corrí y la abracé, ella no entendió aquel gesto, pero me respondió …
Lo suponía- lo sé, degusté aquel jugo de naranja despacio y la sonrisa de mi hermano tirandome las hojuelas en la cabeza mientras papá fruncía el ceño para que dejara de hacerlo, fui de nuevo a la habitación y entonces el corazón comenzó a correr como poco lo hace, el tiempo se sentía despacito, herido, el alma me pesaba en aquella porcioncita de tiempo dulce como el pan de leche del cual solo rasgué un pequeño fragmento, eché tus cosas en una bolsa NEGRA para que nadie supiera que allí corría la sangre de mi alma, lo más bonito de mi ser, aquello que ocultaba a los demás, Negra porque así es tu alma, negra porque oculta el dolor, NEGRA...
Allí tiré cada carta, cada palabra, cada sentimiento, aquel suéter que tanto me gustaba de ti y que me regalaste en mi cumpleaños, el libro que calló de tu mochila un día y nunca más apareció, tiré ilusiones y tu número de teléfono, la dirección de tu casa, y el nombre de la calle dónde vives, ya no tengo memoria para ti.
Dime como se sana un corazón fracturado, un alma melancólica unos ojos afligidos, dime como callo mis pensamientos, de que otra forma detengo el temblor de mis dedos al verte, si al cerrar mis parpados caen tus labios en los míos. 

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